La fuerza de ese amor, insoportable pero eterno, en algo tenía que golpearnos a los hombres poco menesterosos y por lo mismo poco generosos.
Desde el cómodo frente de las querencias, sin compromiso pero con pasión, impávidos e incrédulos contemplamos la desesperaciòn del Ser que sabe amar más que vivir.
En ocasiones, uno de nosotros, tan humanos, salta con más ingenuidad que valor hacia el Ente no tan supremo pero en evidencia poco mortal, para buscar su aprobación y procurar su abrazo.
Él lo logró, con más suerte que afán, talvez. Despertar la admiración y el deseo de una musa de grandes ojos y cálida mirada no parece el trabajo arduo de uno por demás falible, sino una mera concesión graciosa de la Diosa Fortuna.
Nuestro héroe debe perder piso. Reconocer que nunca habrá esfuerzo suficiente para cejar en el empeño; que la admiración es un recurso escaso que se regenera con el milagro de la atención; que cuando se ama, si en verdad se ama, nuestro tiempo no es ya nuestro y las metas comunes se convierten en su único objetivo ontológico, únicamente acompañado de aquellos que garanticen la subsistencia.
Él lo sabe: hecha la cama y puesta la mesa, se toma o se deja. El amor, el más grande, el que no parece morirse, aun ese requiere el mínimo y justo alimento de la correspondencia.
En cambio, el amor en su "justo medio", el ignorado, se confunde entonces con la desidia, el desinterés, la indiferencia y, muy pronto, en el odio [advertimos: proporcional a la frustración que lo generó].
Dale entonces hermano, si acaso te encuentas por accidente amado de ella, los manjares de tu amor al justo tiempo y no las migajas que al mismo provocan rencor.
martes, 5 de mayo de 2009
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